¿Y tú para cuándo?

Cuando dejamos de mirarnos y reconocer a nuestro ser (o jamás lo hemos hecho) es fácil caer en la tentación de vivir al ritmo de los demás.


“Hermana saltada, hermana quedada”, o el famosísimo “¿Y tú para cuándo?”. Recuerdo bien cuando empecé a escuchar estas frases: primero, cuando mi hermana menor se comprometió y recientemente cuando anunció que sería mamá. ¡¿Por?!


Cuento esto (y con ello doy por inaugurada la serie #DeMiRoncoPecho) porque, aunque es un tema que tengo años trabajando en terapia, a cada tanto me vuelve la idea de que algo estoy haciendo mal. Lo peor es cuando, más allá de las opiniones externas, resuena una vocecita en mi cabeza que me dice que quizá debería estar haciendo aquello y no esto, que de verdad se me va a ir el tren. Y hay una muy fuerte que mejor dejo que grite hasta que se canse y se vaya, pues con el tiempo he descubierto sus trucos y es en la que menos confío: esa que dice que no seré valiosa si no cumplo con lo que los otros esperan de mí.


Luego recuerdo que cada quien tiene su tiempo, que aunque hay ciertas costumbres que se empeñan en decirnos lo contrario, la vida no es un juego de carreras donde los demás te rebasan y hay una meta idéntica para todos. Me recuerdo que si se va el tren, puedo comprar boleto para el que sigue, optar por un avión o hasta irme caminando.


Sobre todo (usualmente después de mi sesión o de una buena llorada con mi hermana en el teléfono), recuerdo que no es al “deber ser” a quien debo de escuchar sino a “mi ser”. Ello implica mirarme y aceptarme con todo lo que soy. Entender que esos pensamientos y emociones no me definen y escucharme por encima de lo que dicen los demás; incluso de la opinión de personas a las que quiero, quienes con sus comentarios no buscan lastimar, sino que también están condicionados por las estructuras en las que fueron educadas, por sus propios deseos, por la cultura, la religión y hasta por el lugar donde viven.


Y creo que esto aplica no sólo a cuestiones como el matrimonio o la maternidad, sino que todas las decisiones que hacemos en nuestra vida deben de pasar por nuestra propia lupa del ser y no queriendo usar una lupa ajena que, muy probablemente, a la larga solo nos conducirá a sentimientos de insatisfacción y desconexión de nuestra propia experiencia.


Ser “diferente” implica pagar un costo; pero estoy convencida de que lo vale.

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