Agradar a todos es una ilusión

Actualizado: 1 mar 2021

¡Hola, soy Analine y soy adicta a complacer a los demás!


¡Hola, Analineee!


Bueno, al menos me considero una adicta en recuperación y me alivia saber que no estoy sola. Estoy segura de que allá afuera hay muchas personas que han pasado gran parte de su vida esforzándose por caer bien, por evitar los conflictos, ser bien portadas, estudiantes modelo, lo más perfectas y, claro, lo más importante: queridas por todos.


No caigan, es una ilusión. En las últimos días me ha quedado más claro que nunca todos los malabares que hago en mi afán de complacer a los otros y de lo alejada que ello me mantiene de mi ser: dejo de escucharme, dejo de enterarme de lo que yo quiero, de lo que a mí me gusta, de lo que me hace feliz. En cambio, permito que los deseos de los otros pasen fácilmente por encima. Y, sin tener una brújula propia, permito que me cambien el rumbo sin preguntarme. Por supuesto no es un tema de los demás, aquí la responsable de no saber poner límites en mis relaciones he sido yo.


¿Porque saben cuál es la mala noticia? Lejos de que uno se vuelva más "querible" al tratar de complacer a todos (además de que es imposible, repito, im-po-si-ble), esa necesidad de aprobación se percibe a kilómetros, y en vez de atraer personas o conductas amorosas/respetuosas, lo que uno comienza a atraer es a unos cuantos abusados/¿abusadores?, que se percatan de que uno difícilmente dirá que no. Y es cansadísimo. Y a veces doloroso.


Lo más triste es que se deja de ser fiel a uno mismo. Y en una de esas te conviertes en tu propio maltratador, incapaz de tenerte cariño.



Años de análisis me hacen pensar que de seguro que esta forma de conducirme empezó a gestarse en mi infancia. Aún recuerdo a mi mamá diciéndome: "es que mijita, no te pongas de tapete", cuando, aún después de que me habían bulleado yo tenía una necesidad loca de pedir perdón, de que se acabara el pleito y quedar tan amigas como siempre. Me aterraba el rechazo, sentir que no pertenecía; lo peor que alguien me podía hacer era dejarme de hablar.


A mis treinta y cinco me siguen pasando estas cosas. Por ejemplo, ir en contra de una decisión por miedo a lastimar los sentimientos de los otros y que piensen que soy "mala", "mala onda", "mala hija", "mala empleada", etc.


Una parte de mí me dice que ya estoy muy grande para eso (pero bueno, en esas estoy). Lo que me da fe es que ya tengo más conscientes estas trampillas de mi mente. Y me siento más lista para empezar a ponerle un alto a las complacencias y dejar de buscar la aprobación externa.


Hoy elijo primero ser amable conmigo. Entender que mi valor no está en la opinión de los demás. Responsabilizarme por saber decir lo que quiero y lo que no quiero, de forma clara y amorosa. Y volver a este post cada vez que me sienta débil.


¿También se han sentido complacientes anónimos? ¿Qué les ha funcionado para salir de esa dinámica?


Les comparto un video que aborda el tema con un toque de humor :)



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